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 El Cangrejo

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Astarot
Guardián de los Cinco Anillos
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MensajeTema: El Cangrejo   18/8/2010, 17:22

Hacía solo seis horas – pero que parecían una eternidad – que Hida Taki había entrado en los barracones de la Gran Muralla del Carpintero. La habitación estaba llena de hombres llenos de cicatrices y toscos, la mayoría descansando en duras sillas de madera o aplicando una piedra de afilar a las puntas de su tetsubo. Con la cara recién lavada y ansioso, Taki buscó al que pareciese ser el gunso del escuadrón al que había sido asignado, vio a alguien que podría serlo, y se arrodilló ante él. “Soy Hida Taki, y me presento al Tercer Escuadrón, Primera Compañía, Décima Legión. Espero sus órdenes.”

El gunso miró sorprendido mientras que los veteranos que había en la sala gruñeron o agitaron sus cabezas. Ese no tenía, todavía, muescas en su armadura. Entonces el gunso recordó que estaban esperando a alguien que reemplazase al joven que habían perdido en una patrulla la semana pasada, cuando un oni les tendió una emboscada por la retaguardia, le agarró y le arrancó la garganta antes siquiera de que se diese cuanta de lo que estaba pasando. Gruñó señaló hacia una esquina. “Deja ahí tus cosas,” le dijo a Taki. “Y si quieres también puedes dejar tus espadas. Aquí no nos importa la ceremonia, al menos cuando el taisa no nos observa.”

Taki hizo lo que se le había ordenado, con gusto, aunque dejó su daisho atado a su cintura. Era una cuestión de orgullo familiar – o, mejor dicho, el orgullo que sentía por su familia – el estar aquí. Su padre había muerto en una escaramuza cuando Taki solo tenía dos años, pero había servido en la Décima Legión del Primer Ejército Cangrejo, igual que su abuelo – antes de que los primeros signos de locura le forzasen a enrolarse en los Malditos. Aunque Taki no recordaba a ninguno de los dos, había crecido con los relatos que su madre y su abuela le habían contado sobre su heroico sacrificio por el Clan y el Emperador. Por lo que le satisfacía sobremanera cuando él también fue asignado a la Décima de la Primera tras un breve periodo en el Ejército de Reserva.

Y claro, había comenzado como el día perfecto para enseñar a un bushi sin experiencia la rutina de la vida en la Muralla. La mañana era relativamente tranquila, sin nada que ocurriese aparte de las tareas de centinela.

Pero entonces sonó la alarma y el gunso salió corriendo de la habitación. Taki se puso en pie de un salto. El resto del Tercer Escuadrón ladeó sus cabezas y se pusieron tensos. Tras un rato, el gunso regresó y dijo en un ton al mismo tiempo de mando y familiar: “Los Hiruma se han vuelto a meter en problemas. Tenemos que sacarles. Equiparos y presentaros inmediatamente ante las puertas.”

Los Hiruma se han vuelto a meter en problemas. Era la forma sardónica que tenían los veteranos para informar que un cuerpo de exploradores Hiruma – que penetraban más dentro de las Tierras Sombrías que las patrullas Hida, y que frecuentemente iban desde la Muralla a Shiro Hiruma – se habían visto arrinconados por una fuerza enemiga superior en número y necesitaban una diversión para salir de ese enfrentamiento. En respuesta, cada guerrero libre en esa sección de la Muralla haría una salida.

Taki corrió a ponerse su armadura, pero no pudo evitar ver que los otros soldados que le rodeaban se movían más despacio, pero de alguna forma se estaban preparando igual de rápido. Por fuera mantenían la calma, pero incluso Taki notó que algo había cambiado: había tensión tras su tranquila fachada, una silenciosa comprensión de que estaban a punto de tratar con algo muy feo, pero que fuese lo que fuese, no se desanimarían y no fracasarían.

Finalmente, el gunso les sacó del barracón, las placas de su pesada armadura resonando mientras caminaban, aunque no tapaban los gritos y gruñidos de los que ya estaban en el patio que tenía bajo ellos. Se decía que los oficiales León ladraban las órdenes; los oficiales Cangrejo las gruñían. La mayoría de la Décima estaba ahí, tantos como se podían reunir en una emergencia: tres compañías de infantería y un escuadrón de shugenjas de la compañía de reserva. Apenas tuvieron tiempo de formar antes de que el taisa les ordenase que se dirigieran a los túneles del sótano que pasaban bajo la Muralla.

Estos eran los túneles que los Hiruma habían horadado siglos atrás, para permitir a las tropas que pasasen bajo el cauce del Kawa sano Saigo, el Río de la Última Resistencia, para salir a retaguardia del ejército de la Fauce y cambiar la situación de la Batalla de la Cresta de la Ola a favor del Cangrejo. El sonido del choque de placas de acero resonó en la cabeza de Taki mientras él y sus camaradas se movieron a paso rápido por el húmedo espacio iluminado por las antorchas, oliendo siglos de sangre e historia, hasta que salieron en la ribera del otro lado del río.

El taisa, a la cabeza de la columna, se detuvo para ubicarse correctamente. En esa pausa, mientras Taki estaba en el enfermo y baldío terreno, se dio cuenta que había llegado a las Tierras Sombrías. De repente, los relatos que había escuchado sobre su padre y su abuelo ya no eran relatos. Ahora eran parte de sus obligaciones.

Entonces el taisa levantó su bastón de mando e hizo un gesto para que le siguiesen, y se fueron a paso rápido.

Por fin, a última hora de la tarde, llegaron hasta un grupo de rocas en el roto paisaje, que parecían recostarse las unas contra las otras para buscar mayor fuerza. Aquí, se había refugiado lo que quedaba del escuadrón de exploradores Hiruma, decididos a luchar hasta el último hombre. Como unos cien bakemonos giraban alrededor de su posición, intentando esquivar las últimas flechas de los exploradores. En el centro de la horda de goblins había unas inmensas y oscuras formas que solo podían ser onis.

No había tiempo para desplegarse. Tenían que atacar inmediatamente, desde la formación de marcha, o todos los Hiruma morirían. “¡Los shugenja al frente, inmediatamente!” Gritó el taisa. “¡Que se adelante la Primera Compañía, por escuadrones!”

Inmediatamente, el chui de la compañía de Taki se giró hacia la parte delantera de la columna: “¡Primer Escuadrón, adelante!” Con un rugido sediento de sangre, los veinte soldados del Primer Escuadrón corrieron hacia delante y se lanzaron al ataque, seguidos de cerca por el Segundo Escuadrón.

Un veterano con una cicatriz que era una marca oscura que corría de una mejilla a la otra por encima del puente de su nariz, levantó la comisura de sus labios. “Bien, chico,” dijo sin mirar a Taki, “aquí es donde aprendes lo que significa ser un Hida.”

Los bakemono, atacados por el flanco, retrocedieron ante la ira de los Hida, Pero los hijos de Jigoku no retrocedieron. Se giraron y contraatacaron, dientes y garras y miembros en lugares donde el diseño de los Cielos nunca había aprobado, todos rasgando a los bushi Hida. El escuadrón de Taki se había adelantado, y desde ese punto podía ver a las asquerosas cosas tirando al suelo a los hombres de un solo golpe. Los Hida se mantuvieron firmes y atacaron a los oni. Pero unos pocos se quedaron inmóviles o cayeron al suelo aullando o retrocedieron. No era nada que pudiesen controlar – el poder de los oni podía sembrar el terror incluso entre los más valientes.

Y Taki se dio cuenta: Así es como murió su padre. Y su abuelo…

“¡Tercer Escuadrón… adelante!” Y una mirada horrible e iracunda iluminó la cara del chui. El estrépito que había rodeado a Taki se silenció, ya que sus camaradas dejaron de golpear con sus armas contra sus armaduras. No eran nervios, sino la comprensión de los veteranos que un guerrero debe enfrentarse a la batalla con claridad de mente y voluntad.

Entonces el gunso asintió y se volvió hacia sus soldados. Taki interrumpió la oración a Bishamon que había empezado a recitar en su mente. Sería de ayuda si el gunso hablase ahora con palabras de aliento; quizás invocando a su glorioso primer ancestro, que había matado a un oni con las manos desnudas, o alentándoles a que pusiesen todo su empeño por el honor del Cangrejo y en defensa del Imperio.

Pero el gunso simplemente levantó su tetsubo y les hizo un gesto para que se moviesen hacia delante. Una severa sonrisa arrugó su rostro. “Venga,” gritó, “¿creíais que ibais a vivir para siempre?”
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