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 Los Hermanos Mono Parte 2

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Astarot
Guardián de los Cinco Anillos
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MensajeTema: Los Hermanos Mono Parte 2   24/2/2010, 11:30

“¿Qué crees que hay dentro?” Preguntó Kyoji.

Sostuvo la negra y lacada caja de madera con su brazo extendido. No era muy impresionante. La verdad, Toku, su padre y Campeón del Clan del Mono, poseía muchas cajas así. Si, el monograma del Clan del Mono estaba grabado en la tapa con un delicado y brillante papel dorado – pero no estaba grabada con una destreza especial.

“No importa,” dijo Koto. “Solo tenemos que entregarlo a Aoki-sensei. ¿Qué importa lo que tenga dentro?”

Con once años, Koto era lo suficientemente mayor como para reconocer cuando Toku estaba dispuesto a aceptar la juguetona curiosidad de sus hijos, y cuando era mejor para los chicos simplemente obedecer las instrucciones al pie de la letra. Kyoji, aunque tres años mayor, parecía que aún no había dominado esa habilidad.

Mientras andaban por el tortuoso camino hacia Mishima Jingu, el chico mayor dio vueltas a la caja en sus manos. Incluso a través del acolchado de seda que cubría el interior de la caja, podía sentir un objeto pequeño y pesado moviéndose de un lado a otro.

“Parece una roca,” dijo. Cada vez que daba una vuelta a la caja, había un leve pero claro thunk. “¿Por qué mandaría padre una roca a Aoki-sensei?”

Frustrado, Koto puso los ojos en blanco.

“No es una roca.”

“¿Entonces qué es?” Volvió a preguntar Kyoji.

“Es un recado,” dijo Koto, “uno que tenemos que hacer para poder ganar el perdón de padre. Si no podemos hacer este tan simple encargo, seguro que padre pospondrá tu gempukku. Por lo que deberíamos llevar al templo lo que sea eso, lo más rápidamente posible.”

Sobre todo, Kyoji no quería más que convertirse en samurai. Había trabajado duro para preparar la ceremonia de su gempukku. Practicaba todos los días con su bokken, estudiaba caligrafía y haiku con sus tutores siempre que era posible, y nunca dejaba pasar una oportunidad para decirle a su padre lo orgulloso que un día le haría sentir. Ahora, a un mes vista de su mayoría de edad, el destino parecía conspirar contra él. Kyoji tenía que probar su valía para que Toku le permitiese dar ese crucial paso.

“No puedo creer que mi futuro dependa de que entreguemos una roca a ese viejo mago,” se quejó.

“¡No es una roca!” Gritó Koto.

Kyoji agitó la caja más fuertemente que otras veces. El sonido de dentro era más fuerte, pero seguía siendo igual que el de una roca rebotando contra madera lacada.

“Definitivamente una roca,” dijo Kyoji y agitó aún más fuertemente la caja.

“¡Para!” Le urgió Koto.

“¿Por qué?” Preguntó Kyoji. El chico volvió a agitar la caja. “Solo es una roca.” Y otra vez. “No hay nada que pueda hacer para romper una roca.”

Sudor caía por la frente de Koto. Tenía tantas ganas como los demás de que su hermano hiciese el gempukku.

“¡Para!” Dijo, y le dio un puñetazo en el hombro a Kyoji.

Quizás eran las sombras del atardecer las que disminuían la vista del chico mayor. Quizás Koto era más fuerte de lo que creía. O quizás fracasar era simplemente el karma de los chicos. Cualquiera que fuese la razón, el golpe hizo trastabillar a Kyoji. El chico mayor tropezó y cayó de bruces en mitad del camino, la caja lacada resbalándose de su mano y dando vueltas por el aire.

La caja rebotó una vez – luego otra – y otra vez más, finalmente deteniéndose a unos metros, con la tapa rota, a un lado de la caja, sobre el camino.

Ambos chicos estaban helados de miedo - Kyoji tirado en el suelo y Koto de pie junto a él. Ninguno de los dos emitieron sonido. Simplemente miraron a la caja – la que su padre les había confiado para que la entregasen a salvo – sobre la tierra.

Repentina y simultáneamente, se pusieron en movimiento, y corrieron hacia donde estaba.

La caja estaba marcada, la laca rayada en cada superficie y la seda estaba manchada con manchas de barro, pero no estaba rota. Como Kyoji había observado, para empezar, la caja no había sido muy bonita. Quizás Aoki-sensei no notaría que estaba más desgastada de lo que debería estar.

“Está vacía,” dijo Koto en un ronco susurro.

Claramente, con la tapa abierta, el contenido se debía de haber caído.

“Mira por alrededor,” ordenó Kyoji. “¡Encuéntralo y ponlo otra vez dentro!”

“¿Buscar el qué?” Preguntó Koto, pánico notándose en su voz.

“¿Como quieres que lo sepa?” Contestó su hermano mayor. “¡No me dejabas echar una miradita dentro! Busca algo parecido a una roca.”

“¡No es una roca!”

“Lo sé,” dijo Kyoji. “Pero hacía un ruido como una roca. Por lo que busca algo parecido a una roca, que no sea una roca, y que tenga que ser lo que había dentro.”

A pesar de lo ridículo que eso le sonaba a Koto, no podía pensar en algo mejor, por lo que se puso a cuatro patas, y empezó a gatear, pasando sus manos sobre el polvoriento camino. La luz del atardecer se iba, por lo que su única esperanza de encontrar el objeto perdido era por el tacto.

“Padre estará furioso,” dijo el chico más joven.

“Lo sé,” balbuceó Kyoji.

“Seguro que cancela tu gempukku.”

“¡Lo sé!”

“¡Tenemos que encontrar esa cosa ahora mismo!”

“¡LO SÉ!” Gritó Kyoji. “¿Crees que soy un idiota? Sé – ¡eh!”

“¿Qué has encontrado?” Preguntó Koto. Se puso de pie, y se dio la vuelta, esperando ver a su hermano sosteniendo triunfantemente algo en el aire. En vez de eso, vio a Kyoji, aún a cuatro patas, rodeado por un grupo de cinco hombres. Cuatro de ellos llevaban sucios kimonos y parecían no haberse afeitado desde hace varias semanas.

“Bandidos,” dijo Kyoji con voz forzada. Uno de los bandidos blandía una kama y tenía la hoja de la guadaña contra el cuello del chico. Los demás llevaban ‘tanto’ y miraban amenazadoramente a Koto.

El quinto hombre era más alto que los demás. También estaba más limpio, mejor vestido, y llevaba en su mano derecha una gran piedra con forma de cuña. La piedra había sido pulida hasta que su superficie resplandeciese, e incluso desde lo lejos que estaba, Koto podía ver palabras o imágenes grabadas en su superficie.

“¿Les matamos, Hayato-sama?” Preguntó uno de los bandidos.

¿Hayato? Pensó Koto. ¿El Señor de los Bandidos Hayato?

“Quizás,” dijo Hayato. Levantó la piedra y la miró intensamente. “Después de todo, está claro que este es un premio por el que merece la pena matar.”
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