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 Un Kami caido

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Astarot
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MensajeTema: Un Kami caido   21/2/2010, 15:55

Aclaración: El Tengoku son los cielos, donde viven los dioses, y el Jigoku es un reino de mal y destrucción, algo así como el Infierno.
Fu-Leng es el Kami caido
Shinjo es una de los Kami que cayeron a la tierra, y fundadora del Clan Unicornio)


Los Cielos Divinos no habían cambiado en mil cien años. La reluciente superficie sin fin de la Carretera Dragón aún dominaba el paisaje. El cielo giraba con estrellas, no las distantes motas de luz que los mortales veían, sino preciosas llamas brillantes, muy cercanas. Todo era como tenía que ser.

Excepto por las puertas.

Las puertas de Tengoku, forjadas de metal más puro que el oro, un metal que no tenía nombre ya que no había palabras, mortales o inmortales, podían describir su belleza. Las puertas tenían ahora un ángulo extraño, desencajadas. El brillante metal se había convertido en ennegrecido fango, rezumando descuidadamente sobre la superficie de la carretera.

El Kami Oscuro suspiró y se arrodilló junto a las destrozadas puertas. Toco la negra porquería con la punta de su lanza, y luego estudió la punta. Suspiró.

“¿Estáis disgustado, Señor Fu Leng?” Siseó Akuma, el asqueroso oni verde que caminaba en la sombra del Kami Oscuro. “Si la destrucción que vuestros Ashura han forjado no es la adecuada, haré que redoblen sus esfuerzos.” El demonio chasqueó su cabeza deseoso, restallando sus tres lenguas ardientes.

“No siento placer por la destrucción de Tengoku, Akuma,” le dijo al demonio. “Este es mi hogar. No siento placer ante su destrucción.”

Los tres ojos de Akuma se entrecerraron. Era un ser de crudo caos; le encantaba la aniquilación. No lo entendía. “¿Creéis que podíamos haber usado estas puertas como un arma contra las Fortunas?” Gruñó, cogiendo el primer pensamiento que entró en su siniestra mente. “Quizás podríamos encontrar una forma de repararlas...” El demonio se agachó junto a las puertas, lamiendo el corrupto fango con una lengua.

Fu Leng agitó su cabeza con tristeza. Akuma nunca lo entendería, e intentar explicarlo solo confundiría aún más a la criatura. Fu Leng dejó a Akuma con su cena, pasó sobre las puertas fundidas, y entró en Tengoku. Podía oír los sonidos del combate, los chillidos de los oni y los gritos de los moribundos. Intentó escuchar la música, la canción de los Cielos Divinos, pero no la pudo encontrar ente el caos. Durante once siglos había soñado en volver a escuchar una vez más esa canción, y seguía sin poder.

¿Le odiaban tanto sus hermanos y hermanas?

Las manos de Fu Leng se retorcieron sobre el mango de su lanza. Los mataría a todos antes de dejarles volver a mandarle de vuelta a Jigoku. Les enseñaría que los dioses podían morir.

Un grito desafiante sonó a la derecha de Fu Leng. Se volvió un poco, ojos en clama tras una pálida máscara de porcelana. Una ensangrentada figura con armadura de samurai le atacó, llamas colgando de su espada. El Kami Oscuro se movió con rapidez, insertando la punta de su lanza dentro de el pecho del guerrero. El moribundo guerrero golpeó desesperadamente con su espada. Fu Leng no hizo movimiento alguno para parar o esquivar. La espada golpeó contra su hombro, rompiéndose. Los ojos del guerrero se abrieron de par en par y luego se entrecerraron con ira. Tosió, sangre goteando de su boca.

“No ganarás, caído,” dijo con voz ronca. “No traerás tu Mancha a Tengoku.”

Fu Leng estudió la cara del hombre. “Eres uno de los fushicho,” dijo. “Los guerreros del pájaro de fuego del cielo. Vivís sin miedo, porque sabéis que mientras muráis en defensa de Tengoku, renaceréis.”

“Y lucharé contra ti con cada vida que el Cielo me dé,” gruñó desafiante el guerrero.

“Entonces es una pena que esta sea tu última,” dijo Fu Leng. Hizo un rápido movimiento con su lanza, mandando al moribundo fushicho volando sobre su hombro. El hombre voló sobre las caídas puertas, rodó sobre la Carretera Dragón, y luego desapareció en las neblinas.

El Kami Oscuro sintió satisfacción al oír el chillido de muerte del fushicho, quizás la primera vez que había conocido verdadero miedo en una vida que creía eterna. Fu Leng continuó por el campo de batalla. Podía ver las filas de sus Ashura volando en el cielo, luchando contra los fushicho y contra sus homólogos, los ryu. Aquí y allí podía ver la brillante figura de una Fortuna o la forma desordenada de un Señor Oni. Sus ojos se posaron sorbe Hoshi, hijo de Togashi, su sobrino. El medio-mortal había adoptado la forma de un enorme dragón, abrasando los ejércitos de demonios con tortuosas llamas. Fu Leng pensó por un momento que Togashi se sentiría orgullosos de su hijo. Se preguntó si el chico ofrecería una pelea más grande que la que presentó su padre.

“Señor Fu Leng,” dijo una voz detrás de él.

El Kami Oscuro se volvió para ver a cinco ashura, los hermosos demonio-samurai que había creado para invadir los cielos. Sus caras estaban pálidas. Flotaban en el aire con alas inmóviles. Se inclinaron ante su señor.

“¿Qué noticias hay, mis Elegidos?” Preguntó Fu Leng.

“Un regalo, mi señor,” dijo el ashura con una sonrisa. Se apartó hacia un lado. La Fauce empujó a una ensangrentada mujer con armadura de samurai al suelo, a los pies de Fu Leng. Ella se irguió sobre un brazo, mirando desafiante a los ojos del Kami Oscuro. Él la reconoció inmediatamente.

“Shinjo,” dijo, mirando hacia los demonios. “¿Cómo capturasteis viva a mi hermana?”

“Ella se rindió ante nosotros,” dijo la Fauce. “Dijo que quería hablar con vos.”

Fu Leng miró a Shinjo, y luego otra vez a los demonios. “¿Por qué está herida?” Solo preguntó.

“El precio del desafío,” dijo otro. “Ella está con los ejércitos del cielo.”

Fu Leng levantó la vista con calma, extendiendo una mano hacia el Ashura que había hablado. El demonio-samurai pareció incómodo por un momento, y luego empezó a temblar. Una gota de negra sangre cayó de su nariz, convirtiéndose en llamas al contacto con el aire. El ashura gimió de dolor. Fu Leng cerró su mano en un puño. El ashura gritó, brevemente, y luego dejó de ser. Su vacía armadura negra cayó al suelo.

Un segundo ashura abrió su boca para hablar. Fu Leng abrió su mano e hizo un rápido corte por el aire. La criatura miró sorprendida hacia abajo mientras su cuerpo era cercenado en dos desde el hombro hasta la cadera. Como el otro, desapareció, dejando su armadura amontonarse en el suelo.

“¿Cómo os atrevéis?” Demandó Fu Leng, mirando con odio de uno a otro. “No habléis, no os disculpéis, ni siquiera os molestéis en temblar, ya que no hay disculpa que pueda deshacer lo que habéis hecho. Ella no es una Fortuna menor, ni hija de dragón, ni un inútil sirviente de Tengoku. “¡Ella es un Kami! ¡De mi propia sangre! ¡Es mi hermana! No sois dignos de mirarla y mucho menos derramar su sangre. Pensáis que me habéis complacido. No podéis estar más equivocados. Iros, volver a la batalla. Por la mañana, si no he oído que vosotros tres habéis muerto en combate, os encontraré, y aprenderéis lo que le he hecho a vuestros dos compañeros.” Todos los ashura miraron a Fu Leng mudos por su terror.

“¡Iros!” Rugió.

Los tres ashura escaparon tan rápido como podían volar, corriendo hacia sus muertes para escapar de la ira de su señor. Él extendió una mano hacia Shinjo para ayudarla a ponerse en pie. Ella no quiso su ayuda, levantándose sola. El frunció el ceño mientras se quitaba la máscara.

“Veo que has cambiado mucho, hermano,” dijo con voz ronca Shinjo. “Te pareces a Hantei.”

“Una larga historia,” dijo Fu Leng. “Me alegra ver que estás bien. Hubiera ido a ayudarte, pero los mortales me atraparon bien.”

“¿Para poder matarme tu mismo?” Preguntó francamente Shinjo.

Fu Leng frunció el ceño, miró hacia otro lado. “¿Es eso lo que crees que era mi intención hace tantos años?” Dijo vehementemente. “Nunca quise matarte a ti o a ningún otro... Excepto a Togashi, y quizás a Hantei... Solo quería que sintieses el dolor que yo sentía. Que conocieses el destino al que me habíais resignado. Piensas que soy un monstruo, una asquerosa corrupción del dios que una vez fui. Quizás sea cierto... pero vosotros me hicisteis así, Shinjo. Tú y los demás me dejasteis en el Hoyo mientras Jigoku desnudaba mi alma inmortal. ¿Sabes lo que es eso?”

“Creo que si,” dijo Shinjo. “La Oscuridad Viviente me atrapó una vez. Durante siglos estuve encerrada en la Negra Tierra, con oscuros djinn susurrando en mi oído. Mis hermanos y hermanas no vinieron por mi. Aún así, no me convertí en lo que tú eres. Aquí estoy, incorrupta.”

“¿Y tú crees que esta es una coincidencia?” Fu Leng rió entre dientes. “La Oscuridad Viviente era mi aliado, durante un tiempo. En las profundidades de mi encierro, me preguntó si podía alimentarse de tu nombre. Le dije que si lo hacía, la prisión de Isawa no me podría contener. Hubiese mandado a mi destino a la mierda y hubiese destrozado el universo si un ser menor hubiese profanado a uno de los Kami. Cuando yo caí, tú me olvidaste. Cuando tu caíste, yo te protegí. Piensa en eso, hermanita.”

“Si me protegiste antes, protégeme ahora,” dijo ella en voz baja. “”Abandona Tengoku.”

“¿Por qué?” Preguntó Fu Leng. “Yo no empecé esta guerra. Simplemente pedí a Okura, vuestro perro guardián, que se hiciese a un lado. Te recuerdo que Okura me sirvió hasta que la influencia humana hizo que me traicionase. Yo no empecé esta guerra por Tengoku. Fuisteis vosotros.”

“¡Porque tu presencia aquí está destruyendo los Cielos!” Contestó Shinjo. “Tu eres un Kami, es verdad, pero Jigoku está dentro de ti. Tu propia presencia inspira corrupción. Mira lo que tus ashura le hicieron a las puertas. Ese será el destino de todo Tengoku si permaneces aquí. Deseas escapar de Jigoku, pero es demasiado tarde. Ahora, tu eres Jigoku. Sé que no confías en los demás, por eso esperaba que confiases en mi. Me conoces, Fu Leng. Yo no te mentiría.”

Fu Leng frunció el ceño, agitando lentamente su cabeza. “Crees que no veo la verdad, hermana, pero no es así. Sé que no hay sitio aquí para mi. Nunca me podré liberar de la Mancha. Lleno de odio hacia ti y hacia los demás, abracé completamente su poder. Aún así, ver una sola vez mi hogar puede ser suficiente como para satisfacer mil solitarios años en el Reino del Mal. Es posible que me hubiese ido tras traspasar las puertas...”

“Pero a pesar de eso, permaneces aquí,” dijo Shinjo.

“Por supuesto,” dijo él. “Madre ha muerto, padre ha muerto, y dos patéticos mortales se atreven a reemplazarles, dos de los mismos mortales que se atrevieron a enfrentarse a mi el Día del Trueno. Me llamas corrupto, Shinjo-chan, pero yo digo que es el Cielo el que está corrupto. Demasiados mortales andan ahora como dioses. Tengoku está atascado con arrogantes mortales. Me iré muy pronto, pero como regalo final, limpiaré los Cielos Divinos. Todos los seres que una vez anduvieron como mortales serán expulsados, enviados hacia los lúgubres reinos de los muertos. Esos traicioneros dragones también sentirán mi ira. Ninguno está libre de culpa.”

“¿Y como pretendes hacer eso?” Preguntó Shinjo. “¿Cómo matarás a inmortales?”

“Con esto,” dijo Fu Leng, levantando su lanza. “Se la cogí a Emma-O, la Fortuna de la Muerte. Ninguna criatura aguanta su hoja. Aquellos matados por ella son enviados a una eternidad de nada gris en el melancólico reino de Meido. Y aunque escapen, pretendo reparar las puertas y cerrarlas cuando acabe aquí. Tengoku volverá a tener su estado puro y vació, liberado de las manos de los ladrones humanos.”

“Yo fui una vez mortal,” dijo Shinjo. “¿Tu venganza me incluye?”

Fu Leng miró a Shinjo durante un largo momento. Un lenta sonrisa se expandió por su cara, una sonrisa contenta, parecida a la forma en que había sonreído antes de que ambos cayesen del Cielo. Shinjo le devolvió la sonrisa. Por un momento, quizás creyó que había llegado hasta él, que le había convencido para que parase esta guerra.

Con eso, Fu Leng enterró su lanza en el pecho de su hermana.

“No pienses en este momento,” dijo Fu Leng. “Piensa en tiempos mejores, hermanita, porque las memorias son todo lo que ahora tienes. Adiós.”

Shinjo cayó muerta sobre la Carretera Dragón, su cara aún helada en una triste sonrisa. Fu Leng la miró con pesar durante un largo momento, y luego volvió a la batalla.
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