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Guardián de los Cinco Anillos
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Sociedad (Relato)

el 5/10/2009, 22:33
El samurai se detuvo un instante para limpiarse el sudor de su frente y sonreír a su joven hijo, y luego siguió cargando los sacos de arroz en el carromato. Un carromato ya estaba lleno, y el segundo casi. Habría un tercero, y el samurai se estaba empezando a preguntar si su espalda aguantaría lo suficiente como para poder acabar el trabajo.

“Padre,” dijo de repente su hijo. “¿Eres un magistrado?”

El hombre se enderezó un momento, agradecido ante la oportunidad de darse un pequeño descanso. “No,” dijo. “¿Por qué lo preguntas?”

“Junichiro dice que los impuestos solo pueden ser tocados por el magistrado,” explicó el chico. “Pero tú los estás tocando. ¿Estás rompiendo la ley?”

El hombre sonrió. “No, hijo. Soy un yoriki. Trabajo para el magistrado, Bokatsu-sama. Está demasiado ocupado como para cargar él mismo este arroz.”

“Oh,” dijo el chico. “¿Llevará Bokatsu-sama los impuestos al Emperador?”

“No,” contestó el padre. “Los impuestos serán entregados al Clan Dragón, y ellos se ocuparán de que sean entregados adecuadamente.”

“¿Por qué?” Preguntó el chico. “Los Dragón no recogieron la cosecha ni la cargaron en el carromato. ¿Por qué no lleva nuestra aldea nuestro arroz al Emperador?”

El hombre frunció el ceño. Este sería un concepto difícil para un niño tan joven, pero siempre había sido brillante. Gracias a las Fortunas que salía a su madre. “Nosotros recogemos el arroz de los granjeros, pero el Dragón es el responsable de nuestra aldea, y ellos se ocupan de que el arroz llegue al Emperador. Los que vivimos aquí somos ronin. No se nos permite estar en presencia del Emperador bajo ninguna circunstancia, a no ser que él nos invite.”

El chico frunció el ceño, pareciéndose mucho a su padre al hacerlo. “¿Por qué?” Repitió.

El padre suspiró. “Los ronin no sirven a ningún señor. Según las leyes de Rokugan, todos los samurai deben servir a un señor, y el hecho de que nosotros no tengamos ninguno significa que somos… diferentes. Hay personas que piensan que rompemos las leyes, igual que tú me has preguntado si estaba rompiendo la ley. Piensan que somos criminales solo por quienes eran nuestros padres.”

“¡Eso no está bien!” Protestó el chico.

El padre levantó una mano e instantáneamente silenció las protestas. “Quizás no,” dijo en voz baja, “pero nunca más deberías repetirlo, ¿lo entiendes?” Al ver el silencioso asentimiento de su hijo, continuó. “No puedes cuestionar el Orden Celestial, hijo. Hacerlo hará que cambie como te ven los demás. Ya no serás alguien que rompa las leyes. Serás un blasfemo, y ha habido hombres que han sido ejecutados por cosas mucho menos importantes que esa. Te lo pregunto otra vez, ¿lo entiendes?”

“Si, padre,” dijo el chico.

El padre sonrió. “Buen chico. Ahora, échale una mano a tu padre con este arroz. Puede que no seas un magistrado, pero si ya estamos rompiendo las leyes solo por existir, al menos podemos existir con la espalda cansada por hacer un trabajo honrado, ¿eh?”
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